Hay trayectorias que incomodan porque no encajan en el relato oficial del éxito cultural. La de Hugo Cobo es una de ellas. Director de cine, creador del Festival Fantboi y ahora escritor, Hugo representa a toda una generación de creadores que sostienen proyectos, películas y festivales con trabajo constante, identidad propia y muy poca visibilidad a cambio.
Como cineasta, cuenta con dos largometrajes disponibles en Filmin y un tercero en fase de postproducción. Un dato que, sobre el papel, debería situarlo en el radar mediático y profesional. Sin embargo, no es así. Y esta ausencia de foco no habla de la calidad de su obra, sino de un sistema cultural que sigue ignorando a quienes trabajan desde el margen, sin grandes presupuestos ni estructuras de poder detrás, pero con una mirada clara y una coherencia poco habitual.
Esa misma lógica atraviesa el Fantboi, el festival que impulsa desde Sant Boi de Llobregat: un certamen pequeño en recursos, enorme en riesgo, compromiso y descubrimiento de nuevos talentos. Un festival que demuestra que la cultura no necesita permiso para existir, pero sí apoyo para no desaparecer. Que siga siendo tratado como una rareza y no como un modelo dice mucho del desprecio estructural hacia lo independiente.

La llegada de su novela autobiográfica Plano Fijo ha sido, para nosotras, una auténtica sacudida. No esperábamos un libro tan honesto, tan descarnado y, al mismo tiempo, tan lúcido. Cobo se desnuda sin épica: habla de su infancia, de los traumas, de los traumas de la bulimia, de los fracasos, de la precariedad y de la obstinación casi irracional por seguir creando cuando todo empuja a abandonar. Lo hace con un humor afilado, negro y muy consciente, que convierte el dolor en discurso y la experiencia personal en relato colectivo. La forma de la que está escrita te hace protagonista de su vida y se lee muy rápido.
Plano Fijo no busca compasión ni aplauso. Es un acto de resistencia. Un libro que señala, sin victimismo pero sin concesiones, cómo el sistema cultural expulsa, invisibiliza o desgasta a quienes no se ajustan a sus lógicas. Leerlo es entender mejor por qué tantos creadores válidos desaparecen del mapa y por qué otros, a pesar de todo, se empeñan en seguir.
Lo más inquietante del libro no es lo que cuenta, sino lo que revela entre líneas: que estamos perdiendo voces, miradas y películas por pura desidia institucional y mediática. Que alguien con una trayectoria como la de Hugo Cobo siga siendo un nombre periférico no es una anécdota, es un síntoma.
Plano Fijo es una gran sorpresa y una lectura necesaria. No solo porque nos permite conocer de verdad a su autor, sino porque pone palabras a una realidad que muchos prefieren no mirar. Ojalá este libro sirva para algo más que para emocionar: para revisar cómo cuidamos a quienes sostienen la cultura desde abajo. Porque creadores como Hugo Cobo no deberían ser una excepción silenciosa, sino parte central del relato cultural contemporáneo.
El libro se vende por 14€ donde los beneficios serán destinados al Fantboi.


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