Festival Nunes dejó de celebrarse en 2019. No hubo comunicado solemne ni cierre oficial con balances y agradecimientos. Simplemente, dejó de estar. Como tantos otros proyectos culturales sostenidos por una sola persona, su desaparición no fue un acontecimiento, sino un silencio progresivo.

El festival estaba dedicado a la figura de José María Nunes, cineasta y escritor hispano-portugués, uno de los nombres más singulares del cine español de los años sesenta. Reivindicativo, transgresor, incómodo, Nunes asumió el anarquismo no como pose estética sino como fundamento ético y político de su obra. La crítica lo definió como el “miembro proletario” del grupo de cineastas que sacudieron las formas y los discursos del cine español durante el tardofranquismo. Su cine nunca buscó el consenso, ni entonces ni después.

Mantener viva esa llama, fue el gesto que impulsó a Adolfo Quibus, escritor y cineasta, gran amigo de Nunes, a crear el Festival Nunes. No como homenaje puntual, sino como continuidad viva de una forma de entender el cine.

Aunque se celebraba en una gran ciudad, el festival nunca perteneció del todo a ella. Sus proyecciones podían tener lugar en centros anarquistas, en cines okupados, en espacios prestados, allí donde hubiera un proyector y una pared en blanco. No respondía a una lógica institucional ni a una estrategia de visibilidad. Funcionaba por afinidades, por necesidad y por convicción.

El Festival Nunes estaba dedicado íntegramente al largometraje. Quibus defendía una idea hoy casi subversiva: que un cortometraje bien planteado puede rodarse en uno o dos días, pero que un largometraje exige algo más que voluntad —exige tiempo, riesgo, estructura, mirada—. Por eso buscaba obras de muy bajo presupuesto, moviéndose entre el underground y el cine independiente, sin distinciones de género ni jerarquías formales. Importaba el gesto, no la etiqueta.

Tras la pandemia, levantar el festival en solitario se volvió casi imposible. La precariedad, el agotamiento y la falta de apoyos reales hicieron mella. En 2023, la muerte de Adolfo Quibus cerró definitivamente la posibilidad de continuidad. No hubo relevo. No lo había previsto. No todos los proyectos están pensados para sobrevivir a quienes los sostienen con su propio cuerpo.

Adolfo Quibus

La desaparición del Festival Nunes no es un caso aislado, sino un síntoma. Nos habla de una cultura que celebra lo alternativo mientras dura, pero no se pregunta cómo cuidarlo para que permanezca. De una escena que romantiza la autogestión sin asumir sus límites. De una memoria cultural frágil, que se pierde con facilidad cuando no se archiva, no se escribe, no se nombra.

El festival era libre. Libre en el sentido más concreto y menos esloganizado de la palabra. Hoy, cuando la ultraderecha intenta apropiarse de ese término vaciándolo de contenido, conviene recordarlo: la libertad no es neutral, y tampoco lo era el cine que allí se proyectaba.

Necesitamos más festivales así. Pero, sobre todo, necesitamos un público joven y autocrítico, capaz de mirar este cine sin nostalgia, sin condescendencia y sin cinismo. Capaz de entender que estas prácticas no pertenecen al pasado, sino a un presente que todavía no ha aprendido a cuidarlas.

Escribir sobre el Festival Nunes no lo devuelve. Pero lo inscribe. Y a veces, nombrar lo que se pierde es la única forma de resistencia que queda.


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